La Nave de Euterpe armó el belén

Coro Monasterio

La Nave de Euterpe celebró las primeras navidades de su sede en Pie de Concha armando el belén. Y no un belén cualquiera, no, sino uno creado por el artista de referencia de la asociación, que no es otro que Toño de Celis, maestro en el arte de transformar en arte cualquier elemento que cae en sus manos. En esta ocasión, nos regaló un belén barroco al que no le faltó ni un solo detalle y que se irá ampliando cada año con la incorporación de nuevas piezas.

Colocado en la entrada de la nave, se pudo visitar durante los fines de semana de las fiestas y, además, era visible en cualquier momento a través de la cristalera. Lo mejor es que no fue el único que adornó el pueblo, porque formó parte de una ruta de belenes que incluía el de las Antiguas Escuelas y el de maniquíes que se instaló en la ermita de Consolación.

Las gentes de La Nave de Euterpe estábamos tan ilusionadas con estas primeras navidades con sede propia que, para inaugurar estos belenes, hicimos un concierto de villancicos y hasta hubo una chocolatada.

El concierto corrió, en esta ocasión, a cargo del Coro Monasterio, integrado por alumnos y exalumnos del Conservatorio Jesús de Monasterio, que interpretaron un repertorio que incluía temas de distintas partes del mundo y diferentes épocas. Así se pudo escuchar el himno procesional en lengua quechua de estilo barroco Hanac, pachap cussicuinin, que es la primera obra polifónica del Nuevo Mundo, compuesta en 1631. Se trata de uno de los himnos más antiguos a la Virgen María, en el que se pregunta a la Madre de Dios por el lugar que su Hijo reserva a los mortales en el Hanaq Pachap, el reino de los Cielos para los incas.

El repertorio incluyó otros villancicos como el popular Noche de Paz, Campana sobre campana, Voltead campanas, de Samperio, Xicochi xicochi (anónimo náhuatl), Verbum caro (anónimo barroco español) o Así andando, un canto anónimo de Guatemala, entre otras canciones.

Además del belén y del concierto, Toño de Celis nos regaló un maravilloso cuento de Navidad que nos emocionó de verdad:


En acercándose estas fechas tan señaladas ocurren cosas curiosas, incluso buenas. No es menos cierto que andamos un poco pillados en lo cotidiano con la subida de los precios, alguna enfermedad que se nos cruza sin avisar, la puñetera gripe, por ejemplo, o el gasto de la calefacción, aunque se encienda un ratuco después de comer. Por no hablar de los políticos de uno y otro pelo que nos vuelven tarumbos, poniéndose verdes y buscando que miremos mal al vecino que no piensa como nosotros.

Con todo, el valle sigue lo mejor que puede. El invierno nos mete en casa, pero el Torina, el Besaya y el Bisueña bajan cantando de las alturas y se les oye jugar con el agua entre las piedras. Lo normal.

El caso es que ha aparecido una parejuca deambulando por el pueblo, buscando un rincón donde meterse. Ella está embarazada y él se desespera porque no encuentra nada. La fonda está llena por trabajadores de los túneles de la autovía, no hay casas en condiciones de alquiler y las arregladas se dedican al alquiler turístico y son demasiado caras.

Las mujeres del pueblo están preocupadas; la muchacha saldrá pronto de cuentas, hablan raro y parece que vienen de Gaza. Por eso han puesto manos en la masa para buscar una solución.

En una zona muy bonita quedan unos restos, apenas un portal, de un palacete que perteneció a la hija de unos marqueses que se mató en la Media Hoz unos años después de la guerra. Han puesto hasta una alfombra de comedor y unos espejos dorados que trajo una vecina, que los compró en Ribalaigua cuando se casó, una cuna lacada y unos cuantos juguetes para el mozuco.

Y en estas andamos.

Para celebrar que ya están alojados y bastante más tranquilos hemos organizado una fiesta, el domingo, 14 de diciembre, a la una del mediodía, con villancicos y todo.

La criatura nacerá pronto.
No sabemos si será niño o niña.
Dicen que los Reyes, Felipe y Leticia, van a venir, pero no está confirmado.

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